El Tarata del fútbol 2

Entre las muchas recetas mágicas que los medios suelen disparar a mansalva ante una situación de crisis económica, una de las más manoseadas es la privatización. Se dice que el transformar a los clubes de fútbol en sociedades anónimas contribuirá a su formalización, aportará capitales, generará grandes ganancias. Se invocan los ejemplos de Inglaterra, de España, de Francia; de las millonarias contrataciones del Chelsea, del Zenit y del Paris Saint-Germain.

Lo que los fanáticos privatizadores olvidan es que en un medio como el peruano no hay los millonarios ingresos por publicidad, merchandising, televisión y apuestas a los que un club europeo puede aspirar. Hay pocos estadios y en su mayoría son pequeños; pedirle a un hincha que gaste más de 150 soles en una camiseta original es un lujo insultante; la TV está hace años en manos de Telefónica y Direct TV; y las apuestas se reducen al escuálido Ganagol, al cual pocos le dan bolilla.

Otra cosa que se suele olvidar es que, si se quiere aplicar una suerte de modelo exportador, en el cual los jóvenes cracks peruanos sean exportados sistemáticamente a las ligas europeas, los clubes tendrían que contar con divisiones menores activas. De los 16 clubes de nuestro campeonato, sólo la U, Alianza y Cristal tienen divisiones menores dignas de ese nombre. Así que no hay mucha materia prima que vender; basta con ver cuantos peruanos juegan en equipos de primer nivel en el mundo.

Los privatizados clubes brasileños optan por reciclar a viejas estrellas como Ronaldinho o Robinho, y no se puede decir que les vaya bien; para colmo de males, nuestros equipos no tendrían estrellas que reciclar. Además, los sueldos se han inflado monstruosamente: si la U contrató en 1993 a Juan Reynoso, Jorge Amado Nunes y Ronald Baroni por 650 mil dólares al año, en el 2011 contrató al limitado Johan Fano por 1,1 millones de dólares al año.

Sin buenos jugadores, no hay espectáculo posible. ¿Quién podría invertir en equipos de tan pobre nivel y tan escaso futuro? No hay a la vista jeques árabes, magnates rusos o consorcios mexicanos dispuestos a perder plata -o lavar dinero- en clubes endeudados con el fisco, con terceros y con sus propios dirigentes; con poquísimos jóvenes jugadores vendibles a buen precio; con campeonatos cada vez más enrevesados; con hinchas cada vez menos deseosos de acudir a un entorno tan violento.

Los hinchas de la U son una excepción. Han copado el Estadio Nacional para ver a los cremas perder ante un equipo ecuatoriano. Lo han hecho por amor al club, que está al borde de la quiebra, manejado por dirigentes corruptos e incapaces y endeudado con las once mil vírgenes; pero esto no es sostenible, en absoluto. Los más de 100 millones de soles que adeuda la crema no se recaudarán jamás si el plato fuerte es un plantel mediocre, mal entrenado y sin pagos.

Todo esto se veía venir desde hace años. Desde que el Estadio Monumental se construyó sin vías de acceso; desde que se añadieron decenas de addendas a los contratos originales con Gremco, Umbro y Telefónica para cobrar adelantos cuyo destino nunca se aclaró; desde que la Trinchera Norte empezó a canjear su posición política por entradas; desde que fracasaron las iniciativas para ampliar el número de socios; desde que los socios y los periodistas se hicieron de la vista gorda mientras se cometían toda clase de latrocinios.

Y aunque se veía venir, fue la casi quiebra de la U la que, cual Tarata del fútbol, puso la alerta. Y algunos amigos de la víspera -que admiran a Misterio e idolatran al “Puma” Carranza- dicen que ahora deben ser los hinchas quienes deben asumir las culpas de dirigentes, socios, periodistas y barristas. Personalmente, me opongo. Viví toda mi vida en Odriozola y seré hincha de la U hasta que muera, pero de mi bolsillo no saldrá un céntimo para apoyar a los parásitos que hoy manejan el club.

Universitario de Deportes es un sentimiento, pero no es masoquismo. Los cremas queremos ver buenas jugadas, grandes goles, partidos memorables, ya sea que se gane o se pierda. Y admiramos a los jugadores por lo que hacen en la cancha, no por las mujeres con las que salen. El día que vayamos al fútbol a sufrir, o que hablemos de farándula creyendo hablar de fútbol, estaremos completamente jodidos. Y el fútbol habrá dejado de ser deporte para ser alienación pura.

“Me cuesta mucho adaptarme a todo ese rollo Chili Pepper: todos hablando de la revolución, pero escuchando música gringa. Todo un mundo falso. Por eso digo que los mejores músicos me los he encontrado en los bares” (Manú Chao).